Patricio Fernández – Cuba y Venezuela: adiós, revoluciones*

El socialismo en América Latina habrá muerto porque la población dejó de creer en él y sus líderes, y porque la comunidad internacional, que alguna vez ovacionó de pie en la Asamblea General de Naciones Unidas sus promesas de justicia y ansias de transformación, hoy tiene pruebas palpables de la distancia sideral que hay entre las arengas que aplaudió y las realidades sociales, políticas y culturales que esos regímenes “revolucionarios” generaron.

“Las horas crepusculares del socialismo están llegando”, dijo el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en un discurso en Miami, en febrero de este año. Y, en efecto, si no llega a rescatarlos una gran potencia como China o Rusia, no sorprendería que con Venezuela cayeran también Cuba y Nicaragua.

Patricio Fernández C.
Periodista y escritor. Fundador y exdirector del semanario The Clinic.

De suceder no habrá sido gracias a la habilidad de Trump, quien actúa en esta historia simplemente como ave carroñera. El socialismo en América Latina habrá muerto porque la población dejó de creer en él y sus líderes, y porque la comunidad internacional, que alguna vez ovacionó de pie en la Asamblea General de Naciones Unidas sus promesas de justicia y ansias de transformación, hoy tiene pruebas palpables de la distancia sideral que hay entre las arengas que aplaudió y las realidades sociales, políticas y culturales que esos regímenes “revolucionarios” generaron. Fueron hijos del siglo XX y su desmesura. Sin embargo, sus errores no deben llevarse a la tumba los valores de justicia, equidad y bienestar general que alguna vez representaron.

Justo cuando el neoliberalismo parece alcanzar un éxito irrefrenable, abundan los indicios de que la eficiencia, el lucro y la competitividad no bastarán para mantener la sociedad funcionando y el planeta a flote: la destrucción del medioambiente, la robotización del trabajo, los imparables torrentes migratorios, la creciente concentración de la riqueza que hacen a unas pocas corporaciones capitalistas más fuertes que los Estados y capaces de decidir por sobre las democracias, nos recuerdan la importancia de una política progresista que, ante el individualismo arrasador, retome la importancia de los lazos comunitarios. Pronto será un asunto de sobrevivencia.

En cuanto a la tragedia que vive Venezuela, no se puede predecir aún qué va a pasar, pero hay una serie de políticos jóvenes, provenientes casi todos del movimiento estudiantil del año 2007, que representan el cambio posible y están ansiosos por llevar a cabo un proyecto político amplio y auténticamente democrático. Como me dijo el diputado Miguel Pizarro: “Nuestra generación no fue la que destruyó la política y permitió que existiera un fenómeno como el de Chávez”. Pizarro, quien fue chavista y es hoy uno de los principales líderes de la oposición, tiene 31 años y es hijo de revolucionarios chilenos que, tras el golpe de Estado pinochetista, se refugiaron en Venezuela. “Chávez fue el producto del agotamiento de un sistema bipartidista de hegemonía que terminó aislando a las grandes mayorías de este país de las decisiones”.

Será tarea de la izquierda revitalizar la causa humanista, tolerante e ilustrada, en la que el estatus de ciudadano prime por sobre el de consumidor.

Para lograrlo, la izquierda deberá sacarse de encima el lastre de esos regímenes que prometieron liberación pero conculcaron la libertad. Las izquierdas de mañana tienen la tarea de aprender de los errores de las del pasado y la obligación de no ser cómplices de esos gobiernos que corrompieron sus promesas. “Bien y ahora ¿quién nos librará de nuestros liberadores?”, se preguntó el poeta Nicanor Parra. Y la respuesta, para que los deseos de un mundo mejor no sucumban al triste pragmatismo del mercado, debería ser: nosotros, sus hijos avergonzados.


*Esta columna recoge la parte final de “Cuba y Venezuela: adiós, revoluciones” publicada el 14 de abril de 2019 en The New York Times en español.


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