Henry Kissinger. Cuando 100 años parecen pasar volando

“Su rol como Asesor de Seguridad Nacional primero y posteriormente Secretario de Estado de Richard Nixon y Gerald Ford, ha sido reconocido y elogiada por logros tales como la reanudación de las relaciones entre Estados Unidos y China, en general la política de la Distensión y su rol de mediador en los conflictos del Medio Oriente, pero también se le imputa el haber apoyado y promovido regímenes dictatoriales responsables de graves violaciones a los Derechos Humanos como en los casos de Chile y Argentina o incluso de ser responsable, de una manera artificiosa de continuar la Guerra de Viet Nam”.

Eduardo Araya Leüpin
Director General del Observatorio de Historia y Política del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Socio del Foro de Altos Estudios Sociales Valparaíso

Henry Kissinger, (nacido en Bayern como Heinz Alfred Kissinger el 27 de mayo de 1923), pronto cumplirá 100 años, es una figura paradojal y controversial en muchos aspectos. Posiblemente ningún extranjero ha gozado de una influencia tan alta en Estados Unidos, al punto de modelar un cambio sustancial en su política exterior en la crucial década de los años 70s. La carrera de Kissinger es también paradojal. Es un intelectual que pasó la mayor parte de su vida estudiando, reflexionando y escribiendo sobre relaciones internacionales y aunque dedicó muchos años a la docencia en Harvard, nunca se sintió muy cómodo en la vida académica, en parte porque siempre tuvo la voluntad de influir en decisiones políticas relevantes, en parte porque valoraba el contacto personal con aquellos cuya función era tomar decisiones y en parte porque nunca se sintió acogido en un medio intelectual que, por sus vinculaciones, lo veía más como una persona arrogante e interesada más en el poder que en la vida académica. En esto hecho también influyó una cuestión de personalidad que es también paradojal: A pesar de su capacidad para construir sus propias redes[1] y generar relaciones de confianza, un talento fundamental en su rol como diplomático, Kissinger siempre fue una persona introvertida.

Articuló, como en la efigie del Dios Jano, ser simultáneamente norteamericano y europeo, sensible al peso de la historia y su fragilidad (también a un cierto sentido trágico de ella) por cierto, mucho más que la mayoría de los políticos e intelectuales norteamericanos, tradicionalmente revestidos de un optimismo ingenuo acerca de las virtudes de su propio sistema. Es un historiador (que se formó como cientista político) que nunca se vio a sí mismo como historiador profesional, aunque por muchos años enseñó historia. Su rol como Asesor de Seguridad Nacional primero y posteriormente Secretario de Estado de Richard Nixon y Gerald Ford, ha sido reconocido y elogiada por logros tales como la reanudación de las relaciones entre Estados Unidos y China, en general la política de la Distensión y su rol de mediador en los conflictos del Medio Oriente, pero también se le imputa el haber apoyado y promovido regímenes dictatoriales responsables de graves violaciones a los Derechos Humanos como en los casos de Chile y Argentina o incluso de ser responsable, de una manera artificiosa de continuar la Guerra de Viet Nam[2]. Para algunos, Kissinger permaneció en sus cargos de alta responsabilidad porque se convirtió en una especia de factótum del Gobierno de Nixon, incluso en temas de política interna. También se discute hasta qué punto Nixon adoptó las sugerencias de Kissinger o si Kissinger más bien transformó en diplomacia las ideas de Nixon[3]. Se podría decir que cada quién tiene su propio Kissinger. Lo que no se puede discutir, es que Kissinger, en materia de política exterior y diplomacia siempre fue un realista dentro de un medio intelectual y político que, en su impronta, siempre contuvo una fuerte dosis de idealismo (que el propio Kissinger describe en alguno de sus textos como excepcionalismo)[4]. En el presente texto queremos revisar básicamente (aunque también de manera parcial por razones de extensión) su producción académica, aunque evidentemente, esta es difícil de separar de su rol político

Kissinger, al igual que De Gaulle -uno de los referentes de su último libro (Liderazgo. Seis estudios sobre estrategia mundial, 2022)- siempre creyó en su propio destino, incluso cuando tenía muy poco capital social y cultural como para construir una carrera en un mundo ajeno, salvo su inteligencia y su voluntad. Kissinger, como muchos otros, llegó a Estados Unidos huyendo del nazismo cuando tenía quince años. No tuvo la oportunidad de desarrollar su educación en la tradición clásica de los Gymnasiums alemanes. Estudió en una Realschule, cuya función era preparar estudiantes para una inserción temprana en el mundo del trabajo. En Nueva York, la histórica puerta de entrada de los inmigrantes del Viejo Mundo en el Nuevo, los escasos recursos de su familia lo llevaron a trabajar de día (en una fábrica de brochas) y a estudiar contabilidad en una Escuela Nocturna. Nada de lo que ocurrió en su vida en esos años auguraba lo que sería su desempeño futuro, pero la Guerra cambió su destino. Fue llamado a filas en 1943 y enviado a un campo de entrenamiento en Carolina del Sur. Fue la primera vez que Kissinger salió de Manhattan y fue su primer encuentro con un Estado Unidos diverso que él ni siquiera imaginaba. Sus buenas calificaciones le permitieron ser transferido a un programa especial de ingeniería militar y tras seis meses fue enviado a otra base del Ejército en Louisiana (abril de 1944). En esta destinación tuvo la fortuna de conocer y trabar amistad con Fritz Krämer, alemán como él, pero no judío, que había salido voluntariamente de Alemania. Krämer era mayor que Kissinger, ya era oficial, provenía de una familia acomodada, había completado sus estudios en un Gymnasium y tenía un doctorado en Lenguas Clásicas. Fue en esta relación que Kissinger tuvo su primer acercamiento a la cultura alemana de las elites.

Por esta vía y también por influencia del oficial Krämer, Kissinger fue transferido a una unidad de inteligencia militar y en esa condición fue enviado a Europa en 1944. Terminada la guerra en Europa, Kissinger, ya con el grado de sargento, fue asignado a tareas de “desnazificación” en las regiones de Hannover primero y Heidelberg posteriormente. Desmovilizado en 1946, Kissinger permaneció algún tiempo como profesor en la Escuela de Inteligencia Militar de la Comandancia Europea del U.S. Army en Oberammergau. Impartía clases a oficiales de mediana graduación, aunque él nunca tuvo grado de oficial. Kissinger, consciente de las limitaciones de su formación y nuevamente, por la influencia de Krämer, a comienzos de 1947 se inscribió como estudiante de Licenciatura en Harvard.

Años de formación y aprendizaje político

Harvard fueron para él su primer contacto con el mundo de la historia y las humanidades. La fortuna esta vez también lo acompañó: quedó bajo la tutoría de William Elliot, catedrático-decano que se había formado en Oxford y seguía enseñando en el mismo estilo tradicional de las grandes universidades inglesas. Elliot enseñaba teoría política y relaciones internacionales, además era asesor del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara. Elliot alentó a Kissinger para redactar una tesis un tanto singular y heterodoxa para los habitus de Harvard: Se titulaba El significado de la historia. Reflexiones sobre Spengler, Toynbee y Kant .

Ya en este texto temprano de Kissinger se deja traslucir un sentido realista de la existencia humana que contiene incluso una fuerte de dosis de pesimismo:

La vida es sufrimiento, el nacimiento implica la muerte. La transitoriedad es el destino de la existencia. Ninguna civilización ha sido permanente hasta ahora, ninguna aspiración ha sido completamente satisfecha. Esto constituye la necesidad, el sino de la historia el dilema de la mortalidad”[5]

.Su tesis está condicionada sin duda por la experiencia de la guerra pero, a pesar del tono, el texto no es sobre la decadencia (como en Spengler) sino sobre el cambio histórico. Su tesis (de una extensión absolutamente inusual para los cánones de Harvard), fue evaluada con la máxima distinción. Harvard fue el Gymnasium de Kissinger, pero no como adolescente, sino como un adulto joven de veintisiete años que había decidido ser profesor, para lo cual debía iniciar sus estudios de doctorado. Tenía claro cuál era el campo, pero a diferencia de la gran mayoría de las tesis de su Departamento, eligió un tema muy diverso: decidió escribir su tesis sobre Metternich y Castlereagh, es decir sobre el Congreso de Viena (1814)[6]. Kissinger los eligió porque creía que las decisiones de ambos habían sido claves para establecer un largo período de paz en Europa. Pensaba que allí podía haber alguna clave respecto del crucial problema de mantener la paz, más aún cuando el problema era la paz tras un ciclo de guerras revolucionarias en donde había emergido una potencia que en función de una ideología revolucionaria (el liberalismo) se había esforzado por transformar radicalmente los valores predominantes en el sistema europeo. La analogía con los problemas de la Guerra Fría era para él evidente. Kissinger tampoco estaba escribiendo “esa” tesis solo porque necesitaba obtener un doctorado, estaba tratando de desarrollar, desde la historia de las relaciones internacionales, un aprendizaje sobre procesos decisorios y por tanto sobre los problemas del liderazgo.

Kissinger intuyó tempranamente que los problemas del liderazgo eran cruciales respecto como se percibe un problema, como se decide y los efectos que estas decisiones tienen en el entorno de los actores del sistema. No es casual por tanto que ese sea también el tema central de su último libro (Liderazgo), en donde examina seis casos de líderes con los cuales él mantuvo algún tipo de contacto personal y por tanto, más allá de la documentación histórica, podría transmitir también una opinión desde una relación personal. Este tema está presente en muchos de los capítulos de “La Diplomacia” (1994) que es en términos generales una historia de las relaciones internacionales de Occidente desde el siglo XVII hasta el fin de la Guerra Fría, aunque articulada desde el problema del excepcionalismo norteamericano en contraste con la tradición europea del realismo.

El interés de Kissinger por Metternich tiene que ver precisamente con su realismo. Metternich entendió antes que el resto de los otros líderes europeos, que lidiar con Napoleón era contener a una potencia revolucionaria, que jamás sería satisfecha con algunas transacciones territoriales como era lo normal hasta allí. Fue capaz de resolver los problemas de la reconstrucción del orden europeo con una combinación de consenso sobre valores (conservadores) y equilibrio de poder (La Santa Alianza y la Cuádruple Alianza), pero Kissinger hace notar también las limitaciones de ese orden y las del propio Metternich: Era un hombre del siglo XVIII que conocía y podía utilizar hasta el detalle las reglas del juego del poder propias de ese mundo, pero que no tuvo la capacidad de entender y asumir para su propio Estado el tipo de transformaciones que las revoluciones liberales y el nacionalismo habían puesto en marcha. Finalmente, el orden que se esmeró en construir no fue desarticulado por una revolución liberal, sino por otro conservador: el Canciller de Prusia Otto Von Bismarck, otro revolucionario según Kissinger [7].

En el Establishment norteamericano de las relaciones internacionales, Kissinger adquirió notoriedad por su segundo gran proyecto: Armas Nucleares y Política Internacional. Esta obra surgió por una iniciativa de Gordon Dean, quien había sido presidente de la Comisión de Energía Atómica, quien convocó a un grupo de estudios, al que Kissinger fue invitado. Dean también era miembro del Consejo de Relaciones Exteriores, que a su vez era el editor de la revista Foreign Affairs. Esta invitación le permitió vincularse a personas que eran expertos en diversas áreas relativas a energía nuclear y del sector defensa -que de otro modo no hubiese llegado a conocer-, pero también a diplomáticos y personalidades con influencia política como McGeorge Bundy (posteriormente Advisor de Kennedy), Paul Nitze y a Nelson Rockefeller, Gobernador de Nueva York. El Patrocinio del Consejo le dio a la publicación de Armas Nucleares un peso adicional; la relación con Rockeffeler le dio el impulso al inicio de una carrera política.

A diferencia de su tesis doctoral, Armas Nucleares… es un libro escrito para el Establishment norteamericano de la política exterior. Es un texto complejo que debe ser entendido en relación a su contexto: La etapa más álgida de la Guerra Fría, la rigidez de la política exterior de Truman y Eisenhower marcadas por conceptos tales como Contención y Represalias Masivas, el triunfo comunista en China, la aparición de los ICBM (campo en donde los rusos tuvieron una ventaja inicial), el desarrollo de armas nucleares tácticas, la Guerra de Corea y las crisis de Hungría y Suez, pero también las incongruencias en la relación entre USA y sus aliados europeos.

El texto parte por una advertencia: la disponibilidad de armas nucleares significa un cambio radical en las concepciones norteamericanas acerca de su seguridad, pero las concepciones de seguridad siguen siendo puristas y abstractas. Los fracasos en Corea (1950-1953) evidenciaron la separación entre política y estrategia militar y la amenaza de la estrategia de represalias masivas demostró su inutilidad. Corea fue una guerra limitada no por una convicción de los líderes de Estados Unidos, sino porque nunca se pensó en alternativas a una guerra total frente a la URSS. La Guerra de Corea fue una de las primeras aplicaciones prácticas de la Contención pero nunca se fijaron objetivos políticos claros. Estos fluctuaban y siempre dependían de la situación militar del momento, pero incluso al momento de las negociaciones de paz, estas se prolongaron innecesariamente por separar el uso de la fuerza de la diplomacia … ello hizo que nuestra fuerza careciera de objeto y nuestras negociaciones de fuerza… Una doctrina estratégica errónea inhibió la acción de los políticos.

Kissinger sostenía que debería existir una doctrina estratégica que permitiera alternativas menos catastróficas que el holocausto nuclear. La doctrina militar norteamericana, aun dominada por la experiencia de la Segunda Guerra Mundial, suponía misiones diversas para las tres ramas de las FFAA sin integración entre ellas. Peor aún, muchas decisiones estratégicas se adoptaban como un problema de costos.

La estrategia de represalias masivas era según Kissinger un error gigantesco. Su premisa era la respuesta a un ataque masivo de la URSS, pero muchas de las “ofensivas” soviéticas no eran militares sino políticas. El otro error era pensar las funciones de la diplomacia y la estrategia militar como compartimentos estancos (el propósito de la guerra es la victoria, el propósito de la diplomacia es hacer la paz), en circunstancia que deberían ser fases sucesivas. Pero la diplomacia de Estados Unidos también tenía un problema: Compartía la propensión a los absolutos, su único objetivo declarado era la paz total, pero para Kissinger, el realista, el supuesto de la paz total en el contexto de los años 50s era una ingenuidad, la función de la diplomacia era conseguir mejoras sucesivas, aunque fuesen marginales, por ejemplo en el campo de la limitación de las armas nucleares (lo que terminó siendo en los años 70s los Acuerdos SALT) .Esta estrategia también era un problema para la relación con los Aliados (OTAN): si la guerra total es la única respuesta posible a una agresión soviética, entonces los aliados no tenían ningún rol relevante .

La preocupación central de Kissinger, por tanto, era cómo salir de esa dicotomía entre el todo (la guerra total) y la nada de la inacción. Eso hacía necesario reflexionar sobre las alternativas de guerras limitadas, que según él no podía ser solo una restricción en el uso de ciertas armas, sino que constituía fundamentalmente un problema político: “… Una guerra limitada se hace por objetivos políticos específicos, que por su misma existencia, tienden a establecer una relación entre la fuerza empleada y el fin a alcanzar. Refleja una tentativa de afectar la voluntad del adversario, no de aplastarlo…” respecto de la cual había tres resultados posibles:una victoria limitada, un triunfo limitado o un empate, pero ninguno de ellos era peor que una guerra total. Nunca sería una solución definitiva, pero tampoco conduciría a una catástrofe. En todos los casos, el rol de la Diplomacia era crucial. Esta tampoco era un sustituto a todo evento, porque la guerra total siempre podría estar presente como posibilidad, pero era una racionalidad que permitía optimizar las ventajas (materiales) de Estados Unidos en su rol como actor global.

La mirada de Kissinger sobre la política exterior norteamericana de esos años era profundamente crítica. La llegada de Kennedy a la Casa Blanca representó la posibilidad de un cambio, pero este no llegó en el sentido que él hubiese deseado. Kissinger, manteniendo sus tareas docentes en Harvard, comenzó a dedicar parte de su tiempo a tareas secundarias en el Gobierno. Posiblemente esa fue una de las razones por las cuales dejó de expresarse críticamente respecto de la nueva Administración, pero la razón fundamental por la cual dejó de publicar fue porque asumió que dado que el Gobierno estaba absolutamente concentrado en el problema de Viet Nam. Él no tenía mucho más que decir, pero se preparó para que otros, con más recursos, pudiesen decir y transformar en políticas lo que él estimaba necesario. Construyó una relación de intereses mutuos con el Gobernador de Nueva York Nelson Rockefeller, a quien ya conocía desde el Consejo de Relaciones Exteriores. Rockefeller había aspirado a la presidencia ya en 1960 y volvería a intentarlo en 1968, compitiendo por la nominación del Partido Republicano contra Richard Nixon. En la campaña de 1968, cuando Rockefeller hablaba de política exterior, lo hacía con las ideas desarrolladas por Kissinger. Richard Nixon finalmente ganó, pero para sorpresa de muchos, invitó a Kissinger a sumarse a su equipo con el cargo de Consejero de Seguridad Nacional.

Los años en la Casa Blanca y posteriores

De los años en la Casa Blanca, bajo los Gobiernos de Nixon y Gerald Ford, quedan tres tomos de memorias, que en total suman cerca de 3.300 páginas. El primer tomo (1979) esta centralmente referido a Viet Nam. El segundo tomo (Years of Upheaval, 1982) es particularmente interesante respecto del Medio Oriente (Guerra del Yom Kipur) y para nosotros, por las referencias al Gobierno de Allende. El tercer tomo (Years of Renewal, 1999) se refiere a los años de Ford. Respecto de la caída de Allende, Kissinger en las primeras líneas de este capítulo escribe puede parecer extraño que en un libro que describe mis tareas como funcionario me sienta obligado a incluir un capítulo sobre la caída del Pdte. de Chile […] lo hago para demostrar […] que nuestro Gobierno no tuvo nada que ver con los planes para su derrocamiento ni relación alguna con quienes lo consumaron. Allende cayó por su propia incompetencia…”[8]. A esta altura, de lo que sabemos sobre el tema desde las propias fuentes norteamericanas, resulta innecesario hacer comentarios sobre esta afirmación, pero no deja de ser curiosa: Kissinger estima que para el Secretario de Estado, no merecería la pena referirse a este tema si no fuese por una campaña (interna y externa) en contra del Gobierno de Nixon. Aun así, explica que, para su Gobierno, Allende, a pesar de ser una preocupación absolutamente periférica, representaba un desafío geopolítico (p. 337). Todo el capítulo está escrito en función de eludir cualquier responsabilidad en la caída del Gobierno de Allende y los hechos posteriores [9].

A 50 años de esos eventos, y con ríos de tinta de por medio, sabemos que Allende no cayo sólo por decisiones que se tomaron en Washington, pero también tenemos abundante evidencia histórica sobre el rol que Nixon y altos funcionarios de su administración, como Kissinger, tuvieron en estos hechos[10].

En los años siguientes, al interior de la sociedad norteamericana, la política exterior de Nixon fue “leída” desde los efectos del trauma de Viet Nam y los problemas éticos asociados a Watergate. El realismo fue transformado en un problema moral y este contexto es lo que permite entender el triunfo de Jimmy Carter, y que su diseño básico de política exterior estuviese centrado en un problema ético: la defensa de los DDHH, política que finalmente tuvo más sombras que luces, lo cual, a su vez, también permite entender el triunfo de Ronald Reagan en 1980. Pero para la nueva élite de la política exterior (una revolución conservadora) la distensión solo habría sido una política que terminó beneficiando a la URSS, ampliando su presencia en el mundo y aumentando la vulnerabilidad de Estados Unidos. Nada más opuesto a las ideas de Kissinger[11]. Posteriormente, el fin de la Guerra Fría y la disolución de la URSS dejó en la obsolescencia práctica sus ideas acerca de un sistema estable fundado en un condominio global [12]. Kissinger, aun cuando mantuvo cierta influencia, dejó de ser el referente para la política exterior de los republicanos.

La Diplomacia fue escrita es este nuevo contexto, en los primeros años del Gobierno de Bill Clinton. Un momento en que las ideas de Fukuyama acerca del fin de la historia aun parecían tener sentido y en donde la primacía norteamericana parecía no tener contrapeso. En el capítulo final del libro Kissinger advierte (nuevamente) contra la ilusión del unipolarismo:

“… El fin de la Guerra Fría originó una tentación a remodelar el sistema internacional a la imagen norteamericana […] Estados Unidos son la única superpotencia que queda con la capacidad de intervenir en cualquier parte del mundo. Y sin embargo el poder se ha vuelto más difuso y han disminuido las cuestiones a las que puede aplicarse la fuerza militar. La victoria en la Guerra Fría ha lanzado a los Estados Unidos a un mundo que tiene muchas semejanzas con el sistema de Estados europeos en el siglo XVIII y XIX, con prácticas que los estadistas norteamericanos siempre cuestionaron […] Los sistemas internacionales tienen una vida precaria. Cada orden mundial expresa una aspiración a la permanencia […] sin embargo los elementos que la forma están en un flujo constante. De hecho con cada siglo ha ido encogiéndose la duración de los sistemas internacionales[13].

Fuera de su texto sobre China (2012), el otro gran tema recurrente en la obra de Kissinger, el problema del equilibrio de poder y la estabilidad del sistema internacional vuelve a aparecer en El Orden Mundial, publicado en 2014, cuando ya tenía 91 años. No es casual que el primer capítulo de este libro este referido a la Paz de Westfalia como punto de inflexión y origen de un sistema de equilibrio de poder que no resultó de ninguna teorización sino de la imposibilidad práctica de alguno de los actores relevantes de constituirse en potencia hegemónica, que además se articuló sobre el principio compartido de la soberanía de los estados y la correlativa derrota de la idea del imperio confesional. El texto examina diversas áreas de tensiones del sistema internacional y por cierto, el rol (siempre ambivalente y no pocas veces errático) de la política exterior de Estados Unidos, pero finalmente, se trata de una reflexión sobre la tensión entre el rol del Estado-Nación y un orden que se hace global y por tanto, entre los problemas del poder y la legitimidad, en donde solo una adecuado equilibrio entre ambos puede resolver los problemas de la estabilidad del sistema.

Su último libro Liderazgo. Seis Estudios sobre estrategia Mundial es una vuelta a la reflexión como y porque se toman decisiones que ya estaba presente en Un Mundo Restaurado, en este caso además recupera la importancia del conocimiento histórico, que recuerda la vieja frase Storiae magister vita est.

“…Los líderes piensan y actúan en la intersección de dos ejes: el primero entre el pasado y el futuro, el segundo entre los valores perdurables y las aspiraciones de aquellos a los que lideran…”

El texto revisa los problemas a los cuales debieron enfrentarse seis líderes mundiales (Adenauer, De Gaulle, Nixon, Sadat, Lee Kwan Yew y M. Thatcher) e intenta explicar por qué tomaron las decisiones que tomaron y sus efectos, siempre con problemas y dilemas, pero a los cuales, de una u otra manera se les reconoce éxito en el logro de sus grandes objetivos, no todos necesariamente, pero si en los más importantes para sus propias sociedades. Se trata de personalidades distintas, sociedades distintas y contextos distintos, pero en la parte conclusiva Kissinger se pregunta qué tenían en común y qué se puede aprender de ellos:

“Todos eran conocidos por su franqueza y a menudo decían verdades duras. No confiaron el destino de sus países a la retórica ni a las encuestas […] Todos tenían una aguda percepción de la realidad y una visión poderosa […] los grandes líderes intuyen los requisitos intemporales del arte de gobernar […] los seis podían ser audaces y actuaron con decisión […] todos entendieron la importancia de la soledad […] todos (paradojalmente) fueron divisivos. Quisieron que sus pueblos siguieran el camino que ellos lideraban , pero no se esforzaron por lograr el consenso ni lo esperaron…”

Y en el “mensaje” final de este libro, lo que Kissinger expresa es la preocupación de un hombre que fue muy influyente, que convivió por años con otros que tomaban decisiones trascendentales para sus países y el sistema internacional, consciente de que ha llegado al final de una época y se acerca el final de su vida. Su pregunta es ¿hay aun líderes capaces de llevar a cabo una verdadera política de gran alcance? ¿Sigue siendo posible hoy un verdadero liderazgo? (p. 510). Respecto de un mundo dominado por la cultura de la imagen, las redes sociales y la tecnología, expresa dudas y particularmente sobre el tipo de personas que forma hoy el sistema universitario norteamericano. Y al final del texto (podría decirse ¿y, cómo no?) Kissinger cita a Macchiavello, pero también a Epicteto:

“Un gran liderazgo es el resultado de la colisión entre lo intangible y lo maleable, de lo que bien dado y lo que se ejerce […] No podemos elegir nuestras circunstancias externas, pero siempre podemos elegir como responder ante ellas …”


[1] En 1951 Kissinger y su mentor Elliot crearon en Harvard el Seminario Internacional, por la convicción de ambos que el conocimiento de la política norteamericana en Europa era muy limitado y se limitaba además a escasas fuentes europeas. Cuando el seminario se inició en la primavera de 1951, todos sus alumnos eran europeos, todos eran personas jóvenes que estaban iniciando sus carreras profesionales en diversos ámbitos (no necesariamente el ámbito público). Este fue el origen de las extensas redes internacionales que Kissinger cultivó durante toda su vida. Cuando viajaba a otros países Kissinger ya tenía interlocutores que a su vez lo podían conectar con otras figuras relevantes en ese país. De este seminario a su vez nació la revista Confluence, creada como un espacio de diálogo europeo-americano. Graubard, S., Kissinger. Retrato de una mente (Norton, NY. 1973 / DOPESA, Barcelona 1973), p. 92.

[2] Al respecto el intento de Juicio por su responsabilidad en violaciones a los DDHH por parte del Juez Baltasar Garzón en Londres en 2002 (vinculado al caso Pinochet) que no prosperó; pero la lista de autores críticos a Kissinger en Estados Unidos es extensa, como queda en evidencia en las críticas (en donde tampoco faltan las teorías conspiranoicas) a la publicación del primer volumen de su Biografía (2015), escrita por el historiador Niall Ferguson. Ver https://encr.pw/4vhtY; https://l1nq.com/1lNZ6

[3] Sobre este punto, en el Cap. relativo a Nixon en Liderazgo, Kissinger trata de ser ecuánime y describe las muchas coincidencias en una perspectiva crítica de lo que había sido la política exterior de Estados Unidos y también de una visión compartida acerca del sistema internacional. En esta parte del texto, Kissinger aparece más como testigo de un proceso que como un tomador de decisiones. Pp. 173-261.

[4] Kissinger, H. La Diplomacia, Cap. I, Fondo de Cultura Económica, 1995.

[5] Kissinger, H. cit. en Graubard, S., Kissinger. Retrato de una mente, op. cit., p. 29.

[6]La tesis doctoral de Kissinger fue publicada muy posteriormente porque no encontró editores interesados (la concluyó en 1954 y fue publicada en 1964. Hay una edición en castellano de 1973 bajo el título “Un Mundo Restaurado. La política del conservadurismo en una época revolucionaria “). En cambio, su segundo libro “Armas Nucleares y Política Internacional “ (1962) fue inmediatamente publicado con gran éxito editorial.

[7] La Diplomacia, op. cit., Cap. V, pp. 98-132.

[8] Kissinger H., Mis Memorias, Vol. II, p 313.

[9]No intento disculpar todas las medidas de la Junta, varias de las cuales considero innecesarias, mal aconsejadas y brutales. Tampoco cuestiono las motivaciones humanas de muchos de sus críticos. Pero la Junta heredó una situación revolucionaria en la cual la violencia alentada por el Gobierno jugaba un rol importante …” Ibid., p. 346.

[10] Vid entre otros Harmer, T., El Gobierno de Allende y la Guerra Fría Interamericana, Santiago, Ediciones UDP, 2013.

[11] Sobre la ambivalente perspectiva de Kissinger sobre la política exterior de la administración Reagan, vid La Diplomacia, Cap. XXX, op. cit.

[12] Vid la Diplomacia, op. cit., caps. XXVIII y XXIX.

[13] Ibid., pp. 810-811

Share

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *