Las famosas 40 horas en Chile y lo trogloditas que somos

“sólo se está aspirando a llegar al siglo XIX: dormir bien 8 horas, 8 horas de trabajo diario, y disponer de 8 horas para la familia, mejorar la educación, el turismo, el cuidado de la naturaleza, las artes, los amigos, las amigas, la comunidad. En resumen, las opciones para ser feliz. Y ojo, que se ha demostrado que la disponibilidad del tiempo y mejores sueldos mejoran sustancialmente el consumo”.

Pedro Serrano R.
Director Unidad de Arquitectura Extrema, UTFSM. Presidente de Fundación TERRAM para el desarrollo sustentable. Socio del Foro de Altos Estudios Sociales Valparaíso.

40 horas de trabajo a la semana son 8 horas de trabajo en 5 días, ¿Dónde está el escándalo? Si las 8 horas es una reivindicación que tiene más de 100 años en el mundo civilizado.

Este es un artículo actualizado, tomado parte o “refriendo”, de refrito, de la columna “Se vienen los robots” de 2018, en plena revolución feminista y poco antes del estallido social de 2019.

Las revoluciones sociales, los avances tecnológicos y políticos que acarreó la revolución industrial terminaron (casi), gracias a las máquinas, con la esclavitud en la mayor parte del planeta. En Chile a fines del siglo XIX, ya que estábamos tan lejos de todo, siguió existiendo la esclavitud en las guaneras, las salitreras, los fundos y las estancias. Incluso rematábamos esclavos Selk Nam para la elite (1895) en la plaza de Punta Arenas. En 1892 llevamos esclavos fueguinos y patagones a Europa en los horrendos zoológicos humanos para mostrar la fuerza de la evangelización. Con los avances de la Revolución Industrial aparece en esas épocas, en Europa, una nueva clase, esclava aún de una reducida clase dominante, esclava asalariada de ricos propietarios de la tecnología y los bienes de producción, con la religión, las armas y las leyes en sus manos, dueña del control total.

Hubo una norma desde 1496 en Gran Bretaña, finales del siglo XV, según la cual la jornada de trabajo de los obreros duraba como máximo 15 horas: desde las 5 de la mañana hasta las 8 de la noche. La misma jornada doméstica de una nana atareada chilena del siglo XX incluso aun del XXI. La mujer, como reproductora de mano de obra pasó a tener un lugar fundamental en el ordenamiento productivo, prisionera de 8 hasta 16 hijos (mi bisabuela). Pero ahora, los proletarios, la nueva clase, tienen salario un poco mejor, más derechos, trabajando hasta las 15 o más horas al día y algo de educación (esa fue la clave del cambio progresivo). Así es como nace el proletariado industrial.

Curiosamente, los explotadores y codiciosos de la época se dieron cuenta que un operario agotado producía cada vez peor y se moría joven. Para nosotros hoy pareciera lógico, pero por mucho tiempo no se dieron cuenta. En 1817 Robert Owen, un empresario reformista, socialista utópico británico, propuso el 8-8-8: ocho horas de labor, 8 de recreación y 8 de descanso (¿les parece conocida la propuesta?). Pues, le fue mal. Recién en 1848 los franceses -revolución sangrienta de por medio-, llegaron a la jornada de 12 horas.

Finalmente, en 1886, 1ero de mayo para ser exactos, sindicatos en EEUU propusieron luchar por la jornada de 8 horas… Fracasaron, lo que terminó en la masacre que se conmemora cada año en el planeta. Ya en 1917 la constitución mexicana establece la jornada de 8 horas… y así, llegar a las 8 horas de hoy día en el mundo civilizado, no fue nada fácil, corrió sangre por ello. Reino Unido las acordó recién en 1950.

En las salitreras chilenas, los trabajadores operaban durante 12 horas, 10 de trabajo continuo estricto y 2 de traslados. Hoy en día, año 2022, un operario santiaguino trabaja 9 horas supervisadas, 48 semanales, y se traslada ida y vuelta en un promedio de 2 horas, pasa mínimo 11 horas en torno al trabajo.

Hoy en día, desde el año 2000 en Francia y Reino Unido la jornada es de 6 horas. Dos siglos de luchas para pasar de 15 a 6 horas. Lo interesante es que, de acuerdo a la bibliografía, los PIB respectivos aumentaron, y la productividad por hora de trabajo subió 20 veces en 100 años (Maddison, OCDE, 2011).

Lo que sucedió no fue que a los dueños del capital se les ablandara la codicia. Si no que estructuralmente aceptaron las propuestas -huelgas, tiroteos y elecciones de por medio-, debido a que, nuevamente, la TECNOLOGÍA había evolucionado de tal manera que las operaciones extractivas y productivas rentaban más y mejor con menos trabajo humano.

Igual en Chile de hoy, el de las 48 horas, cuando alguien propone un feriado trabajador extra, un día “sándwich”, o disminuir las horas de jornada obligatorias, las entidades que representan el sector empresarial ponen el grito en el cielo, rasgan vestiduras, cuantificando las horrorosas e irrecuperables pérdidas potenciales.

En países como el nuestro, 2022, el pequeño desarrollo local, extractivista, y buena adaptación de tecnologías foráneas, ha aumentado la productividad per cápita notablemente, generando una enorme pérdida de los empleos, por así decirlo, clásicos. Con mayor inversión tecnológica y menos pagos de sueldos, la producción aumenta igual. Esto en las últimas décadas ha provocado un crecimiento económico sostenido y una crisis de empleo para todos los gobiernos.

Para la crisis de empleo se han desarrollado básicamente 2 soluciones: engordar el sector servicios y fomentar el auto empleo, la famosa innovación, más desarrollo y emprendimiento tan de moda hoy. Según Fundación Sol, al 2017 sólo el 48,6 % de los ocupados está en el sector formal y el 51,2 % en el sector informal, en categorías como: “independiente encadenado, cuenta propia no profesional, familiar no remunerado, dependientes periféricos, asalariado desprotegido” y etc. Si las cifras midiesen sólo el empleo formal, el desempleo real chileno sería un impresentable 52%

Lo que parece chocante en los datos es que, a pesar que el sector productivo formal contrata menos gente, gana cada vez más dinero y el PIB sigue subiendo a pesar de que más de la mitad de la población chilena está en empleo precarizado. Candidatos todos y todas a una pensión solidaria miserable.

Algo está pasando aquí con el modelo de mercado y la codicia insaciable, que ha generado una sociedad con brechas intolerables, que se reflejan en educación, pensiones y salud y vivienda. Curiosamente, hasta el más precarizado se siente de “clase media” por consumos más bien simbólicos: zapatillas, ropa usada, comida chatarra a veces, Tv pantalla plana, auto usado, todos de producción robótica, además.

Ahora considerando el aumento de la producción con menos trabajo… ¿no será que la jornada laboral debiese ir bajando a 6, 5, 4, 3 horas al día y los robots subiendo su jornada productiva a las 24 horas 7 días a la semana? Pues no sabemos, solo podemos especular.

El mercado funciona cuando la gente consume los bienes producidos: puro extraer materias y producir bienes sin consumidores, que den vuelta el sistema ya conocido no marcha. Los Robots y la inteligencia artificial, esa que les permita un grado de razonamiento y toma de decisiones creciente, podrían llegar a producirlo todo y el PIB se iría a las nubes sin trabajadores industriales ¿Y el salario?… Por supuesto, este sería un escenario extremo, pero debemos reconocer que es un futuro posible, con energías renovables híper-abundantes y eficientes

¿A dónde podemos llegar? Me cuesta imaginar, pero independiente de esta especulación, es muy probable que las jornadas laborales del futuro disminuyan y aumenten los días festivos, las horas de descanso, familia, ocio, deporte, goce del arte y de la naturaleza para los seres humanos comunes.

Sería una oportunidad fantástica para mover paradigmas, negar la “negación del ocio”, una doble negación, que nos lleva al ocio como ocupación humana en aumento. Aumento de las artes, la ciencia, la lectura, la exploración del espacio, las matemáticas y la filosofía, el turismo, la protección(robótica) del ambiente, el juego, los deportes, la risa, el baile.

La conquista del fuego permitió a nuestros ancestros tener tiempo para mejorar sus herramientas, iniciarse en las artes, la música, el lenguaje y el pensamiento abstracto. Cada cierto tiempo en la historia, un pueblo logra cierto estado de bienestar en su gente, en especial sus elites y surgen los avances en la civilización, las edades brillantes, los avances de la filosofía, ciencia y la tecnología, los avances de la cultura y sobre todo de la buena educación para más humanos.

Hoy en día una capa cada vez más extensa de las sociedades humanas terrícolas, con agua, alimento, cobijo y acceso a la información en niveles de bienestar interesantes, dispondrán de modo creciente del único bien invaluable para la humanidad: tiempo. El tiempo se puede convertir en algo diferente al dinero y más acorde con los potenciales de nuestras mentes creativas, innovadoras, ansiosas de conocimiento. Los robots podrían terminar en menos de un siglo con el concepto actual del dinero, el salario o el trabajo físico industrial.

Consideremos además que, con un gran aporte de la ciencia, la informática y los robots, nuestra esperanza de vida pudiese aumentar más allá que los pronósticos de la más afiebrada AFP local. Podríamos desarrollar utopías sin fin. Pero prefiero no extrapolar.

Hoy un trabajador chileno promedio compromete realmente más de 10 hora diarias en el trabajo, ¿50 horas semanales?, a juzgar por los sistemas de locomoción urbana actuales y las ciudades segregadas propias de nuestro país, la cifra podría ser aún peor. Si ya las 8 horas diarias o sea las 40 horas globalmente aceptadas provocan tanto resquemor en la clase empresarial chilena, tenemos aquí un cruce de codicia con analfabetismo evolutivo, ¿tan trogloditas somos?

Por ahora sólo se está aspirando a llegar al siglo XIX: dormir bien 8 horas, 8 horas de trabajo diario, y disponer de 8 horas para la familia, mejorar la educación, el turismo, el cuidado de la naturaleza, las artes, los amigos, las amigas, la comunidad. En resumen, las opciones para ser feliz. Y ojo, que se ha demostrado que la disponibilidad del tiempo y mejores sueldos mejoran sustancialmente el consumo.

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