Cuesta imaginar que un académico chileno, al momento de su partida de este mundo, pueda inspirar un nivel de reconocimiento y agradecimiento tal, que un grupo de destacados intelectuales internacionales y nacionales realice un homenaje tan bello, como espontáneo, a través de la fuerza de las palabras, la herramienta más efectiva y transformadora que tienen los pensadores.
Los textos, la reflexión profunda y crítica, párrafos elaborados durante días para que alcancen el sentido adecuado, libros que han orientado y que lo seguirán haciendo a los estudiosos de las ciencias sociales y de las humanidades. El legado del profesor Crisóstomo Pizarro quedará en ese trabajo tras bambalinas, quitado de bulla, meticuloso y generoso, el análisis que adquiere trascendencia por el peso de la observación, el estudio y la proyección. La democracia, la globalización, el capitalismo y tantos otros contextos que nos inquietan como personas que vivimos en comunidad, fueron abordados con un nivel que generó esa admiración genuina en referentes de las más prestigiosas universidades del planeta.
Seguramente, a Crisóstomo no le hubiese gustado esta columna, porque lo suyo no era ser el centro de atención ni alimentar el ego, ese combustible que hoy se nutre con la economía de la atención en base a contenidos desechables y que meten ruido, tanto ruido que ensordecen y luego se evaporan, dejando solo el estruendo inútil y vacío. Lo suyo era lo permanente, lo que fuera un aporte, la colaboración. Por eso se fue en silencio, entre sus más cercanos, una breve y sencilla ceremonia en Quillota, pero llena de amor y admiración.
A pesar de los años, “Quicho” todavía era recordado en las aulas de la Pontificia Universidad Católica por producir admiración y un encantamiento hipnótico entre sus estudiantes. Hace algunas décadas, en la Escuela de Derecho y en el Instituto de Ciencias Sociales y Desarrollo de la PUCV, sacaba suspiros, porque era lo más parecido a un galán cinematográfico francés. Una tremenda facha y elegancia, comentaban por esos años, aspecto que siempre mantuvo, pero también un portentoso intelecto. Cofundador de CEPLAN y CIEPLAN, además, un líder de la reforma universitaria.
Su paso por las universidades de Columbia y Glasgow le hizo afinar y volver a aprender a escribir, de forma directa y contundente, con una prosa científica social que quedaría sellada en sus libros y columnas. Además, en la conversación, en el intercambio personal, Crisóstomo tenía ese gran sentido del humor, una chispa irónica que combinaba con su claridad mental llevada a la oralidad, al debate de ideas que se extraña y que, con su partida, se extrañará aún más.
Con la rectoría de Alfonso Muga en la PUCV, el Foro de Altos Estudios Sociales despuntó para pensar los fenómenos globales desde Valparaíso. Eran los tiempos del gobierno de Ricardo Lagos, con un segundo piso y asesores de alto nivel, muchos originarios de Valparaíso, que apostaron por iniciativas que le dieran visibilidad y progreso humano, material e intelectual, a nuestro golpeado y amado Puerto.
Crisóstomo, como director ejecutivo del Foro Valparaíso, se transformó en un motor incansable trabajando hasta el momento de su partida. Nunca se detuvo. Con el mismo ex rector Muga, ahora presidente del directorio, coordinando al teléfono los cuadernos, organizando el próximo seminario, analizando este convulso presente social más allá de la contingencia, cerró un ciclo que difícilmente podrá volver a repetirse. Su trabajo es un reflejo de que Valparaíso puede articular una conexión con el mundo, situarse en la conversación global, ser un espacio donde ocurren momentos destellantes frente al pesimismo y la adversidad.
Cierro con las palabras de Manuel Castells, “Pizarro fue un analista excepcional y un testigo lúcido de su tiempo. Me honro con su amistad y colaboración intelectual”, y de Adela Cortina: “Sabio, prudente, modesto y cordial, hizo del Foro una pieza clave en la construcción de una sociedad pluralista, dialogante y democrática, desde el bagaje de los pensadores clásicos y modernos. Y lo hizo junto con otros, nunca en solitario. Convencido, con Hölderlin, de que somos un diálogo”.
Adiós, Crisóstomo.
Fuente: El Mercurio de Valparaíso

