Eduardo Cavieres – Comentando a Wallerstein

“La derrota de Viet Nam, que bajó, debilitó esas imágenes de poder, contenía elementos que permitían decir que Estados Unidos estaba definitivamente decayendo, pero ¿fue así realmente? No lo fue. El mismo Sergio Bitar ha dicho ahora mismo que, en los próximos 20 años, Estados Unidos seguirá en la mesa”.

En las últimas décadas, Wallerstein ha pasado de análisis de larga duración a una serie de otras reflexiones profundas sobre el capitalismo actual y parte de sus preocupaciones se ha centrado en Estados Unidos; ha escrito mucho sobre ello y por eso entiendo que la conferencia publicada como Cuadernos del Foro de Valparaíso ha sido una especie de síntesis de reflexiones mucho más amplias y fundamentadas. Frente a esta publicación, más que un análisis detallado de la misma, presento mis comentarios. Tal como lo escribe, relaciona sus ideas sobre la declinación de la hegemonía de Estados Unidos deteniéndose en tres momentos: el primero, deterioro, entre los años 1880-1883, en el poder de Gran Bretaña; enseguida, 1945, el término de la Segunda Guerra Mundial y, a partir de allí, el significado de las hegemonías para introducirnos en el tercer momento en que el retroceso sería del propio Estados Unidos. Debemos decir, en primer lugar que las declinaciones, la decadencia, son procesos generalmente de muy larga duración. El asunto es dilucidar de qué manera, estamos en condiciones de advertir que un proceso está llegando a su fin, de hacer una especie de balance de lo que está sucediendo como para decir que un cuerpo político, un cuerpo social, un Estado nacional, está en una fase terminal de su experiencia histórica propiamente tal.

Con la hegemonía británica del siglo XIX y sus puntos de decadencia se puede establecer un paralelo con la hegemonía de Estados Unidos hoy en día. Desde algunos puntos de vista se puede encontrar decadencias, pero desde otros análisis no hay garantías de que ello fuese así. Tal como hoy, es difícil poder definir exactamente qué significaba aquello, porque lo que sucede es que la hegemonía, tal como lo señala Wallerstein en su texto, está basada fundamentalmente en dos cuestiones: en controles económicos y militares, por lo tanto, en dichas influencias sobre los demás. Si agregamos incluso la variable política, ella no considera necesariamente otros aspectos tan importantes como aquellos que tienen que ver con la cultura, con la sociedad, con calidades de vida, etc.

En las décadas de 1970 y 1980 se hablaba de dos decadencias muy radicales; en primer lugar, se hablaba de la decadencia de Europa. La Europa ya estaba cansada, estaba desgastada, era definitivamente el Viejo Mundo y no tenía por donde recuperarse, incluso en términos del catolicismo europeo. Dentro de esos términos, en paralelo, el Vaticano abría nuevas políticas post Concilio para pensar en África, en Asia, en América Latina, porque igualmente Europa no podía ni tenía la energía suficiente como para seguir siendo centro único de la cristiandad. Junto con esta seguridad en la decadencia de Europa, en segundo lugar, se discutía ya en la decadencia de Estados Unidos.

Estados Unidos, el Imperio norteamericano ya no daba más y por lo tanto era como esperar, otra vez, la gran crisis del capitalismo. Cuando se analiza y se reflexiona sobre estas situaciones, salvo que seamos profetas, una imagen muy importante, que mira hacia atrás, visualiza el presente y a partir de esa relación puede señalar lo que va a pasar, no podemos predecir más allá de un muy corto espacio temporal. No somos profetas, por lo tanto, no tenemos una dimensión global de los tiempos y por ello lo que hacemos es simplemente visualizar lo que está sucediendo justamente a partir de elementos más o menos cuantificables y perceptibles desde unas ciertas objetividades. Es como los movimientos de los índices económicos, de repente comienzan a bajar y se podría decir, listo, no tenemos ninguna alternativa, hemos alcanzado y pasado de una etapa a otra de lo que teníamos. Pero, en el mañana esos mismos índices se recuperan y se vuelve a remontar. Pasa lo mismo con esto de la decadencia. Por qué decíamos que Estados Unidos había llegado a lo máximo, a su límite: porque no se trataba de una cuestión puramente militar ni puramente económica. Por una parte, desde la izquierda, desde su intelectualidad, se soñaba y se tenía esperanza en los movimientos de resistencia de la época, la Revolución Cubana, evidentemente, pero también en lo que venía sucediendo en el mundo árabe, en el mundo asiático, en el mundo africano, con los nuevos nacionalismos, nuevos Estados nacionales, etc.  Sin embargo, se comenzaba a olvidar un concepto que había sido muy importante: la división internacional del trabajo (DIT). Se le utilizaba hacia la historia pasada, pero no para lo que venía. La última había sido en 1860-1870, prácticamente un siglo. Como sabemos, no se trata de movimientos sociales de trabajadores, sino más específicamente con su producción, al interior de una especialización de la producción económica mundial por regiones, en particular en la relación producción materias primas o de consumo con producción industrial, en este caso con las economías modernas. No se advirtió que lo que sucedía en América Latina en relación con Estados Unidos y también con Europa, no era sólo decadencia de los poderes mundiales ni sólo golpes militares, sino la aplicación de una nueva DIT.

Esta nueva DIT ¿que hizo? Separó a los países en desarrollo o del tercer mundo de los proyectos industriales asegurando que históricamente lo que habían hecho bien los primeros para tener relativos éxitos, era el haber sido productores de materias primas, pero además de eso, Estados Unidos y países europeos encontraron en esta nueva DIT que era mejor para ellos mismos producir fuera de sus espacios nacionales que dentro, entre otros factores por los costos de producción, particularmente de la mano de obra. Se produjo una descentralización ya a partir de los años 1980 y especialmente en los 1990 y otra vez se pensó que Estados Unidos había dejado de ser el líder, que no producía: los autos se arman en México, en Brasil, pero esos autos, japoneses, coreanos y aún chinos se producían a mejor precio y se vendían incluso dentro de los Estados Unidos desplazando a los tradicionales Ford y Chevrolet. Esos autos también se producían con capitales norteamericanos.

Sabemos que al menos parte de la producción norteamericana fue llevada fuera de Estados Unidos. Lo que no sabemos es cuánto de ese capital está detrás de la producción asiática, incluida China. Y esto es un dato bastante importante en lo que propone Trump, quien ha prometido volver a producir dentro de los Estados Unidos y eso significará, por cierto, una vuelta de capitales. Entonces, está en que el costo de la DIT se puede traducir en que las actuales imágenes de Estados Unidos no sean las mismas que las del new way of living de los años 1960, de los trabajadores industriales de la época, de los de la industria automotriz saliendo de las fábricas en ampulosos autos, con mucha cerveza, la música a gran volumen, eso ya no se verá; si eso fue la hegemonía que producía la fuerza para Estados Unidos, posiblemente ha perdido influencia. Mucho más importante, la derrota de Viet Nam, que bajó, debilitó esas imágenes de poder, contenía elementos que permitían decir que Estados Unidos estaba definitivamente decayendo, pero ¿fue así realmente? No lo fue. El mismo Sergio Bitar ha dicho ahora mismo que, en los próximos 20 años, Estados Unidos seguirá en la mesa.

Eduardo Cavieres

Premio Nacional de Historia 2008. Académico del Instituto de Historia, PUCV. Socio del Foro de Altos Estudios Sociales Valparaíso.

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