Tecnohumanismo: la creencia en que la tecnología podría llegar a crear un Homo Deus

En nuestra anterior entrega de “Interpretaciones sobre el actual estadio del capitalismo histórico” iniciamos la revisión de las hipótesis de Harari sobre los probables efectos del desarrollo científico en la libertad de las personas, el mercado y la democracia. En esta nueva entrega veremos que no es probable que las “nuevas religiones” que legitimen ese desarrollo y sus aplicaciones tecnológicas nazcan de las grandes religiones tradicionales, pero sí de los “gurúes” de Silicon Valley. Estas nuevas altas tecnologías pueden dividirse en dos clases principales: tecnohumanismo y la religión de los datos.

El tecnohumanismo sigue viendo a los humanos como la cúspide de la creación y se mantiene fiel a muchos valores humanistas tradicionales. En cambio, la religión de los datos sostiene que los seres humanos ya finalizaron su tarea cósmica y que ahora su lugar debería ser ocupado por entidades completamente nuevas.

La segunda  revolución cognitiva

Crisóstomo Pizarro Contador
Director Ejecutivo del Foro de Altos Estudios Sociales Valparaíso

La religión del tecnohumanismo se esfuerza en el uso de la tecnología para poder crear un Homo Deus que junto con conservar algunos rasgos esenciales también poseerá capacidades físicas y mentales muy mejoradas que le permitirán seguir siendo autónomo, incluso frente a los algoritmos no conscientes. Esta sería la segunda revolución cognitiva que podría dar al homo deus acceso a nuevos campos inimaginables para llegar a ser el amo de la galaxia. La primera revolución cognitiva aconteció hace 60 mil años, cambiando la mente de los sapiens. De esta manera, el simio africano se transformó en el dueño del mundo. Esta revolución fue el resultado de pequeñas transformaciones en el ADN de los sapiens y de una leve reconexión del cerebro. La segunda revolución, la del siglo XXI, también podría ocurrir gracias a nuevos cambios en el genoma y a una nueva reconexión de nuestro cerebro. A este objetivo podría contribuir la ingeniería genética, la nanotecnología e interfases cerebro-computador.

Sin embargo, reformar la mente no es una tarea fácil, “no sabemos cómo surgen las mentes ni tampoco sus funciones. Como no estamos familiarizados con el espectro total de los estados mentales, tampoco sabemos cuáles son los objetivos que deberían ser planificados. El espectro posible de estados mentales puede ser infinito. La ciencia sólo ha investigado dos pequeñas subsecciones, la que se define como normal y la que se ubica por debajo de lo que es considerado normal como los trastornos psiquiátricos y las enfermedades mentales, desde el autismo hasta la esquizofrenia. Todas las investigaciones en este campo se enmarcan en el estrecho límite de las sociedades occidentales educadas, industrializadas, ricas y democráticas.

Hace 50 mil años los humanos compartían el planeta con nuestros primos neandertales. Estos carecían de nuestros talentos, pero tenían un cerebro mayor que el nuestro. No tenemos idea qué hacían con tantas neuronas, pero bien podrían haber experimentado estados mentales a los que ningún sapiens haya podido llegar. Aunque hubiésemos podido conocer la experiencia de todas las especies humanas, todavía somos incapaces de imaginar cuáles son las experiencias mentales de los otros animales. En un artículo titulado “What Is It Like To Be a Bat” el filósofo Thomas Nagel dice que la mente de un humano jamás podrá conocer el mundo subjetivo de los murciélagos. Semejante juicio también sería válido con respecto a las ballenas, tigres y pelícanos. Podemos ser inferiores a todos ellos en algunos campos emocionales y experienciales. Tal vez el uso de cascos electrónicos e interfases directas cerebro-computador podrían abrir pasajes a nuevos horizontes emocionales. Pese al interés de médicos, ingenieros y clientes en centrarse cada vez más en los asuntos relacionados con la mejoría de las potencias de la mente, la zona supernormativa de la mente es aún tierra ignorada.

Reducción de las capacidades sensoriales  y capacidad para soñar

Durante miles de años el sistema ha modelado y remodelado la mente humana en función de sus necesidades. Las áreas del cerebro que hace decenas de millones de años se ocupaban probablemente en el descubrimiento de los olores, hoy se emplean en desafíos más urgentes como la lectura, las matemáticas y el pensamiento abstracto. Lo mismo ocurrió con el resto de nuestros sentidos, y con la capacidad de prestar atención a nuestras sensaciones. La disminución de nuestras capacidades olfativas y para prestar atención a las sensaciones son pérdidas significativas a las que debemos incluir además la capacidad para soñar.

El mundo moderno desecha los sueños como mensajes subconscientes. Esto ha provocado la reducción de estas capacidades, haciendo nuestra vida más pobre y gris. Es posible que las mejoras futuras de la mente serán definidas en función de las conveniencias del sistema. Entre varios ejemplos considérese el “casco de atención” usado por el ejército estadounidense. También se expande a otras actividades de la vida. Este dispositivo facilita la adopción de decisiones seguras y rápidas. Pero es muy probable que una vida de este tipo sea más pobre que una vida en la que existan sueños, dudas, contradicciones y conflictos.

El tecnohumanismo podría terminar degradando a los humanos, porque la posesión de habilidades superhumanas implicaría la pérdida de valiosas capacidades de la mente. Otra amenaza que enfrenta el tecnohumanismo es la “sacralización de la voluntad”, a pesar de haber sostenido siempre que es muy difícil identificar nuestra voluntad, porque nos sentimos inundados por una “cacofonía” de ruidos en conflicto. De hecho, hay veces en que tememos oír nuestra voz auténtica, porque podría revelar secretos inoportunos y peticiones incómodas. Hoy son muchísimas las personas que toman grandes precauciones para no sondear profundamente sus deseos. Harari da varios ejemplos de esta situación: una abogada que no sabe si tener o no un hijo que complique su profesión y un joven homosexual que no se atreve a confesar sus deseos. El humanismo les pediría a estas personas coraje y que escuchen sus voces internas y actúen en consecuencia, pese a todas las dificultades que deban enfrentar. El progreso tecnológico quiere controlar esas voces en vez de escucharlas. Cuando se entienda que es el sistema bioquímico el que produce esas voces, estas podrían dejar de perturbarlos mediante el uso de los medicamentos adecuados.

Desde una perspectiva histórica, hoy está ocurriendo algo trascendental: el primer mandamiento humanista que dice “escúchate”, ya ha perdido su poder cuando se ignora de quién es la voz de mando. Silenciar la voz íntima que molesta es bueno si esto no es un impedimento para escuchar el yo profundo y auténtico. Pero si no hay un yo auténtico no se sabe cómo se pueden elegir las voces que deben silenciarse y cuáles con las voces que deben amplificarse[1].

El tecnohumanismo impulsa a la humanidad al desarrollo de tecnologías capaces de controlar y rediseñar la voluntad humana. Pero cuando se disponga de ese control el tecnohumanismo no sabrá qué hacer ya que la “sagrada voluntad humana” se convertirá simplemente en un nuevo producto diseñado. Nunca será posible tratar con las tecnologías basadas en la creencia de que la voluntad, los deseos y las experiencias son las verdaderas causas de todo sentido y autenticidad.


[1] Harari, Y. N., Homo Deus. Breve historia del mañana, Santiago: Penguin Random House, SAV, Decimosexta edición, octubre 2020, pp. 397-398.


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